El tromboembolismo pulmonar (TEP) es una enfermedad frecuente y potencialmente mortal que representa un reto diagnóstico en urgencias debido a su presentación clínica inespecífica. Afecta a miles de pacientes anualmente. Pese a que sus manifestaciones básicas incluyen disnea, dolor torácico, hemoptisis y taquicardia, también puede presentarse de manera inespecífica (síncope) o incluso ser asintomático. Suele originarse desde la formación de trombos en las extremidades inferiores que migran a las arterias pulmonares, generando la consiguiente obstrucción del flujo respiratoria y sobrecarga del ventrículo derecho como consecuencia.
El diagnóstico se basa en algoritmos que combinan la probabilidad clínica (escalas como Wells, Ginebra o PERC), el dímero D y pruebas de imagen, especialmente la angio-TC. La estratificación del riesgo mediante escalas como PESI o sPESI permite estimar la mortalidad y guiar el manejo. El tratamiento se centra en la anticoagulación precoz y, en casos graves, en terapias de reperfusión. Además, el TEP puede tener secuelas a largo plazo, como el síndrome post-TEP o la hipertensión pulmonar crónica, lo que resalta la importancia de un diagnóstico y tratamiento adecuados.